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Portada de El Guardián de la Raya Verde, de Vera Miralba: una mujer se detiene ante una hilera de piedras cubiertas de musgo mientras una figura con cuernos ramificados la observa entre los árboles.
Un relato de Piedrasagrada

El Guardián de la Raya Verde

Alba mide bosques para salvarlos del papeleo. Coto lleva un siglo atado a la linde que él mismo trazó, sin poder cruzarla sin perder lo último de humano que le queda. Diez días, un informe pendiente y una raya que solo se mueve si alguien se lo pide con la voz entera.

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Prólogo

El bosque no tiene bordes. Eso es lo primero que se olvida de él en cuanto se le pone una raya en un mapa.

Yo tuve un nombre antes de la raya. Lo tuve tanto tiempo que llegué a creer que era mío para siempre. Lo perdí como se pierde una senda que nadie vuelve a pisar: la cubre la hoja seca de un otoño, luego otro, hasta que un día busco el sitio donde debería estar y solo encuentro musgo.

Sé por qué me quedé sin él. Eso no lo he olvidado, aunque llevo siglos deseando que la memoria fuera menos terca que el musgo.

Hace mucho, antes de que este valle tuviera carreteras, medí lindes para vivir. Se me daba bien: sabía leer una pendiente, calcular una distancia, poner una piedra exactamente donde debía ir. También sabía, que Dios me perdone, ponerla exactamente donde no debía si alguien pagaba lo suficiente. Una sola piedra movida un solo día bastó para convertir en propiedad de un hombre lo que hasta entonces había sido de todos y de nadie. Lo que vino después —los hacheros, la lluvia, la ladera que ya no tenía raíces que la sujetaran— es una historia que todavía no estoy listo para contar entera. Baste con decir que hubo un precio, y que no lo pagué yo solo.

Cuando entendí lo que había hecho, ya era tarde para devolver los árboles a sus raíces. Me arrodillé en el límite falso que yo mismo había trazado y prometí guardar lo que quedaba de aquel trozo de Requexu mientras me quedara aliento, a cambio de que el bosque me guardara a mí de volver a ser el hombre que había sido. Nadie respondió. El pacto se hizo con una sola voz —la mía, sola, de rodillas— y una promesa hecha por una sola boca es una promesa coja: sostiene, pero no camina.

Me até a la linde que yo mismo había falseado. Con los años el pueblo dejó de recordar mi nombre y empezó a llamarme como llamaba a las criaturas del monte: busgosu. Quizá fuese castigo. Quizá una manera de hacerme útil.

La única vez que intenté cruzar la raya, hace más siglos de los que sé contar sin perder la cuenta, sentí el pelaje subirme por los brazos antes del tercer paso. Volví corriendo, ya casi a cuatro patas, con el corazón golpeándome tan fuerte que creí que se me iba a salir junto con lo último de humano que me quedaba.

Desde entonces cuento mis pasos. Trescientos veinte hacia el arroyo. Ciento noventa hacia el cueto de las hayas. Ninguno, nunca, hacia el pueblo.

He visto pasar guardas forestales, cazadores furtivos, niños que se pierden y a los que devuelvo al sendero sin que me vean nunca entero, parejas que suben a fotografiar la niebla sin saber que la niebla, en este monte, a veces les hace un favor. He visto todo eso desde dentro de mi raya, como se ve la vida desde la ventana de una casa que ya no es una casa, sino una jaula con muy buenas vistas.

No esperaba nada de la mujer que llegó aquel lunes de agosto con las botas nuevas y un aparato colgado del cuello que parpadeaba como un ojo pequeño. Nadie espera nada de un lunes de agosto.

Debí desconfiar en cuanto la vi caminar: contando sus propios pasos, igual que yo cuento los míos.

I

Me llamo Alba Muñiz y llevo doce años midiendo bosques para que no los maten con papeles.

Es una manera fea de decirlo, pero se parece bastante a la verdad. Trabajo para el Servicio de Montes: catálogos de biodiversidad, censos de fauna, informes técnicos que casi nadie lee y que, sin embargo, son la única frontera real entre un bosque vivo y una cantera. Me lo enseñó mi primer jefe, seco como una rama de otoño: «A un monte no lo salva quien lo quiere, Alba. Lo salva quien lo cataloga bien y lo entrega a tiempo.»

También aprendí otra cosa: cuando terminas un informe, haces la maleta. En doce años había dormido en tantas pensiones, casas rurales y pisos de alquiler que dejé de deshacerla del todo. Dos mudas siempre se quedaban dentro, dobladas, listas para el siguiente monte. Me parecía práctico.

Aquel agosto me tocó Requexu.

Es un bosque de robles y hayas viejas encajado entre dos sierras, a media hora a pie de Piedrasagrada, con una reputación que en la oficina se comentaba entre risas y en el pueblo, no. Riofrío Áridos llevaba tres años detrás de una concesión de cantera en la ladera sur, y el único obstáculo que todavía podía detenerla era un informe de valor ecológico —el mío— que debía entrar en registro antes del día treinta. Si llegaba tarde o incompleto, el procedimiento seguía adelante solo. Diez días. Un bosque entero pendiendo de mi cuaderno de campo.

Me instalé en la única casa de huéspedes del pueblo, que llevaba una mujer de manos nudosas y ojos atentos.

—Xuana —se presentó, plantándome un café delante sin preguntar si lo quería—. Así que usted es la que va a subir a Requexu.

—Todos los días que hagan falta.

—Ya. —Me estudió un momento—. Pues súbase con respeto, hija, que ese monte tiene dueño.

—¿El ayuntamiento?

Se rió corto y seco y me sirvió más café.

A la mañana siguiente descubrí también la panadería de Nel, en la plaza, dos puertas más abajo. No crucé con él más de tres frases seguidas en toda la semana, pero aprendí rápido que en Piedrasagrada el pan se compraba a primera hora o no quedaba, y que Nel se enteraba de todo lo que pasaba monte arriba antes que el propio ayuntamiento.

El primer día en el bosque no encontré nada raro, salvo un silencio demasiado ordenado: ni un solo trino donde debería haber docenas. Marqué mis primeros transectos, fotografié un roble centenario que por sí solo justificaba media protección y, sin darle importancia, crucé una hilera de piedras comidas por el musgo que ningún plano moderno señalaba. En montes viejos sobran restos de cercas y divisiones olvidadas.

A media tarde tropecé con un cepo ilegal, recién colocado, escondido bajo hojarasca fresca en una senda de corzos. Estaba agachada fotografiándolo para el informe —la caza furtiva también pesa a favor del bosque en estos expedientes— cuando una piedra rodó junto a mi mano, apartando la rama que ocultaba los dientes de la trampa un instante antes de que yo apoyara la palma donde no debía. Si llego a tocarlo, termino el día en urgencias.

No vi a nadie. Solo el bosque, quieto, atento.

—Gracias —dije en voz alta, sintiéndome ridícula.

El resto de la tarde, cada vez que mis botas se acercaban a algo que no debía pisar —una madriguera, un nido bajo, otro cepo más, oculto con una habilidad que no era de cazador de pueblo—, el camino se torcía un poco, sin viento que lo explicara, y yo terminaba pisando donde tocaba.

Al volver al pueblo marqué en el GPS el recorrido del día. La mayor parte de aquellas rarezas quedaba dentro de un polígono irregular que mi cartografía actual no reconocía.

II

Lo vi de verdad al cuarto día, y fue culpa mía: se me hizo tarde tomando muestras de suelo y me adentré, sin darme cuenta del todo, en una zona que en un mapa antiguo del ayuntamiento —de 1958, que Xuana me había prestado «para que sepa por dónde anda»— aparecía encerrada por una línea de puntos y, en el centro, una sola palabra en letra menuda: coto.

Era el mismo polígono que había dibujado mi GPS el primer día.

La luz ya era la de las siete, esa luz espesa que en Asturias parece caramelo derretido colándose entre las hojas. Entre dos hayas había algo que no era un hombre y tampoco un ciervo, ni un oso, ni nada que yo hubiera catalogado jamás.

Medía más de dos metros. La piel de los brazos y el torso se le quebraba en placas como corteza vieja, con vetas más claras en los pliegues de un codo o del cuello, y de los hombros y la espalda le crecía un musgo fino, casi terciopelo, salpicado de florecillas blancas que no había visto en ningún catálogo botánico de la zona. De la frente le nacían dos cuernos ramificados, mitad madera, mitad hueso, con brotes verdes en las puntas, a punto de echar hoja. Y los ojos: del verde del sotobosque en junio, un verde que, mientras yo no me movía, se fue oscureciendo hacia un ámbar de alerta.

No corrí. Doce años de campo enseñan a no correr delante de un jabalí ni de un toro asustado, y el cuerpo, cuando el miedo es de verdad, obedece antes al entrenamiento que a la lógica.

—No voy a hacerte daño —dije, midiendo cada sílaba.

Soltó una risa sin humor, grave, hecha de varias voces superpuestas, como si distintos árboles hablaran a la vez desde la misma garganta.

—Eso ya lo sé. —Dio un solo paso hacia mí y se detuvo justo antes de la hilera de piedras—. Lo que no sé es por qué llevas cuatro días haciéndome el trabajo más difícil.

—¿Perdón?

—Las trampas. —Señaló con la barbilla el cepo que yo llevaba requisado en la mochila—. Llevo toda la semana quitándolas antes de que el corzo joven de la braña alta meta la pata donde no debe. Y ahora hay una mujer con botas nuevas fotografiando mi trabajo y llamándolo suyo.

Me reí, sorprendida de reírme, con el corazón todavía a cien.

—No es un trabajo que se pueda firmar en un informe oficial, me temo. «Guardián no identificado retiró trampa ilegal antes de la llegada de la técnica» no cuela en el modelo del Principado.

—Qué desperdicio de papeleo. —Ladeó la cabeza. Las florecillas de su hombro se cerraron un poco—. ¿Eres tú la de la cantera?

—Soy la que intenta que no haya cantera. —Levanté las manos y le mostré el cuaderno de campo—. Tengo diez días para demostrar que esta ladera merece protección. Si el expediente entra completo, Riofrío tendrá que frenar.

El verde de sus ojos se aclaró un tono.

—¿Y si no lo consigues?

—Entonces, tarde o temprano, esto será grava.

Se quedó callado un rato largo, valorándome.

—Coto —dijo por fin.

—¿Cómo?

—Es lo único que queda de mi nombre. Está tallado en una de las piedras de la linde, con el musgo comido encima; el resto lo perdí hace demasiado tiempo para que sirva de nada llevarlo. Pero «coto» sigue siendo cierto. —Se tocó el pecho, un gesto casi humano en un cuerpo que no lo era del todo—. Es lo que soy. Un trozo de monte con dueño puesto.

—Alba —dije—. Muñiz.

—Ya lo sé. Lo dijiste dos veces mientras discutías con el GPS.

La corteza de su boca se movió. Tardé un segundo en reconocer una sonrisa.

—No des otro paso, Alba Muñiz. —Dio otro paso hacia mí y se detuvo—. Llevas cuatro días dentro de mi coto sin saberlo: aparté cepos de tu camino, torcí senderos para que no pisaras donde no debías. Eso puedo hacerlo sin que te acerques a mí. —Señaló el espacio escaso que quedaba entre los dos—. Esto es distinto. Aquí, si me equivoco, no respondo de nada bueno.

Bajé la vista. Tenía la punta de la bota a un dedo de la hilera de piedras.

—¿Qué pasa si la cruzas tú? —pregunté, con la curiosidad profesional que doce años de campo no me han quitado y que, sospecho, un día me va a matar.

—Que el bosque deja de reconocerme como guardián y se queda solo con la parte de mí que hizo el juramento. —Se miró las manos—. Puedo ver lo que ocurre fuera de mi coto. Oírlo. Sé dónde bebe un corzo aunque no pueda seguirlo hasta el agua. La raya me impide tocarlo. No me vuelve ciego. Pero si la cruzo, pasado cierto punto, no hay vuelta atrás. Ni para mí ni para lo que quede de mí.

—¿Y ese punto está muy cerca?

—Más de lo que a nadie le gustaría saber.

No pregunté más aquella tarde.

—Mañana volveré —dije.

—Eso espero —contestó él, y el ámbar de sus ojos volvió a aclararse hacia el verde.

Cuando me alejé, miré hacia atrás una vez. Seguía junto a las piedras, sin haber movido un pie.

III

Volví. Y volví al día siguiente, y al siguiente, y para cuando quise darme cuenta ya no volvía solo por el informe.

Coto conocía Requexu de una manera que ningún guarda forestal, por bueno que fuera, podría igualar jamás: sabía dónde dormía cada corza preñada, qué robles llevaban plaga bajo la corteza antes de mostrarla por fuera, en qué recodo del arroyo criaba el desmán ibérico que yo llevaba dos días intentando fotografiar sin suerte. No podía cruzar la linde para enseñármelo con el dedo, así que aprendió a describirlo con precisión suficiente para que yo llegara sola, siguiera sus indicaciones y encontrara lo que había prometido.

—A la izquierda del tejo torcido, bajo la piedra plana, no la redonda —me indicó una mañana, apoyado en su lado de la raya con los brazos cruzados—. Ahí tienes tu topillo. Lleva ahí generaciones. Los llamo por apellido, si te interesa saberlo.

—¿Le pones apellido a un topillo?

—Le pongo apellido a todo lo que vive el tiempo suficiente en mi monte como para merecerlo. —Se encogió de hombros—. Es lo que tiene la compañía escasa: uno acaba conversando con lo que hay.

Cada especie que catalogaba gracias a él era una línea más en mi informe y una hora más que pasábamos a un metro de distancia, él de un lado de la hilera de piedras y yo del otro, hablando de todo y de nada mientras el sol se movía por encima de las hayas.

Aprendí a leerle el color de los ojos: verde de junio cuando estaba tranquilo, casi luminoso cuando algo lo divertía, ámbar de alerta si oía algo lejano que a mí se me escapaba, y una sola vez, gris de invierno, cuando le pregunté —sin pensarlo demasiado— si alguna vez había tenido compañía al otro lado de su raya.

—Una vez —dijo, y las florecillas de su hombro se cerraron todas a la vez—. Hace mucho. No voy a contarte esa historia hoy.

—No hace falta que la cuentes nunca, si no quieres.

—No he dicho nunca. He dicho hoy.

Aquella noche, de vuelta en la casa de Xuana, me sorprendí dibujando en el margen de mi cuaderno de campo, donde debía anotar coordenadas UTM, la forma de unos cuernos ramificados con brotes en las puntas. Tapé el dibujo con la mano en cuanto Xuana entró a dejarme la cena.

—Con respeto, hija. Ya se lo dije el primer día.

—¿Respeto a qué, Xuana?

—A la raya. —Dejó el plato y miró mi mano todavía apoyada sobre el cuaderno—. ¿Qué es él?

—Si necesita meterlo en una casilla: busgosu. Así los llamaban los viejos. Aunque esa palabra explica menos de lo que parece.

Xuana se sentó frente a mí, sin ninguna prisa.

—En este pueblo hay más de una raya. La del río, la del monte de Piedrasagrada, la de Requexu. Algunas nacieron de un trato; otras, de una culpa. Mi abuela decía que las más viejas escuchan mejor a dos voces que a una.

—Eso suena muy concreto para ser una superstición.

—Las supersticiones que duran suelen haber tenido tiempo de concretarse.

—¿Dos voces diciendo qué?

Se encogió de hombros, levantándose para volver a la cocina.

—Si lo supiera, hija, ya no sería un dicho de mi abuela.

Me dejó con la cena, los cuernos dibujados y aquella frase dando vueltas.

IV

Al séptimo día el plazo ya cabía en una cuenta fácil: setenta y dos horas. Solo faltaba cerrar la ladera sur, la que Riofrío Áridos quería para la cantera y que compartía casi un kilómetro con la raya de Coto.

Encontré allí a un equipo de la empresa, con sus propios aparatos de medición, «haciendo un estudio preliminar», dijeron, con una sonrisa demasiado cómoda.

—Esa zona está dentro de mi transecto —les advertí cuando empezaron a clavar estacas.

—Solo marcamos puntos de referencia.

—Pues márquenlos fuera.

Recogieron dos estacas, dejaron otras y se marcharon antes del anochecer, con cinta de balizar naranja atada a las ramas, como una herida en medio del verde.

Cuando me quedé sola, revisé una de mis cámaras trampa, la que uno de ellos había mirado demasiado rato. La habían girado contra el tronco. La tapa de la tarjeta de memoria estaba abierta. No podía demostrar quién la había tocado.

Esa noche bajé a la cocina de Xuana pasada la medianoche, con la excusa de un vaso de agua que no necesitaba, y la encontré despierta también, remendando un mantel bajo una sola bombilla.

—Los de la cantera han estado midiendo junto a la raya —le dije—. Y alguien ha tocado una de mis cámaras.

—Ya lo sé, hija. Aquí se sabe todo antes de que llegue el correo.

—Ayer dijiste que algunas lindes escuchan a dos voces.

La aguja se detuvo.

Xuana cerró los ojos un momento y recitó el dicho con el ritmo de las cosas que, de tanto repetirse, se vuelven casi canción:

—«Una boca de dentro y una boca de fuera: si dicen lo mismo, mueven la frontera.»

—¿Decir lo mismo?

—Quererlo. Las palabras pueden ser distintas. Pero una que suplica y otra que cede no cuenta.

—¿Y por qué dos?

—Porque esa raya nació de una promesa dicha a solas. Eso contaba mi abuela.

—¿Y si es solo un dicho de abuela?

—Entonces no habrá perdido nada por saberlo. —Volvió a la costura, dando el tema por cerrado—. Váyase a dormir, Alba. Mañana tiene un bosque que salvar.

V

Al día siguiente, con las estacas naranjas todavía clavadas a cincuenta metros de su raya, encontré a Coto más callado que de costumbre, con los ojos en ese ámbar que yo ya sabía leer como alarma contenida.

—Los vi anoche —dijo—. Midiendo mi linde como un solar.

—Han tocado una de mis cámaras. No puedo probar que fueran ellos.

Coto miró hacia la ladera sur.

—Puedo defender lo que cae dentro de estas piedras. Fuera de aquí, la vida sigue sin pedirme permiso: los corzos bajan al agua, la gente se marcha. Yo me quedo.

Me acerqué hasta el borde.

—Cuéntame por qué te ataste aquí. La historia entera.

Se quedó tanto rato en silencio que pensé que había ido demasiado lejos.

—Antes de esto fui un hombre —dijo al fin—. Medía tierras. Un señor del valle quería un robledal comunal. Yo sabía dónde estaban los mojones de verdad y cuánto me pagaría por moverlos. Los moví. —Señaló con la barbilla la hilera entre nosotros—. Esta raya empezó siendo una mentira mía.

El bosque pareció hacerse más silencioso alrededor.

—Vinieron a talar. Después llovió durante semanas. La ladera cedió donde las raíces ya no sujetaban la tierra. No voy a darte una lista de nombres para hacer de mi culpa una historia mejor. Basta con saber que hubo gente que pagó por una decisión que tomé yo, solo, por dinero, sabiendo lo que hacía.

—Y te ataste aquí a cambio.

—Pedí guardar lo que quedaba. Pensé que si no podía abandonar el lugar de mi vergüenza, al menos serviría para algo. El bosque aceptó a su manera: me dejó quedarme, pero no me dejó salir. Me pareció justo entonces. Todavía me lo parece la mayoría de los días.

—¿Y la mujer de la que hablaste?

Sus ojos perdieron el ámbar y se apagaron hacia el gris.

—Fue mucho después. Subía a dejarme pan aunque yo no lo necesitara para vivir, solo porque le parecía de mala educación venir con las manos vacías. Lo hizo durante años. Luego se casó, tuvo hijos, envejeció. Yo seguí aquí sin cambiar, viéndola pasar de lejos camino de una vida que no era esta. No fue una tragedia. Fue algo peor: fue normal. Ella tenía derecho a una vida entera.

—Yo también me voy siempre —dije—. Informe terminado, maleta, siguiente destino. Tengo dos mudas que llevan doce años sin conocer un armario. Hasta ahora me parecía una ventaja.

—¿Y ahora?

—Ahora no sé si quiero marcharme solo porque sea lo que hago siempre.

Coto extendió la mano hasta el borde de su lado de la raya, con la palma hacia arriba.

Puse la mía sobre la suya, sin cruzar tampoco ninguna línea. Bajo la corteza, su piel estaba cálida. Sentí un pulso lento contra la palma. Las florecillas blancas de su antebrazo se abrieron una detrás de otra hasta el codo.

—Brillas un poco —dije, porque alguien tenía que decirlo.

—Es vergonzoso. Llevo un siglo sin dejar que nadie me viera hacer esto.

—Entonces te falta práctica.

La risa de derrumbe le retumbó en el pecho, contra mis dedos, y nos quedamos con las manos juntas hasta que la luz empezó a desaparecer entre los árboles.

VI

La víspera del cierre, alguien entró en Requexu.

Lo supe porque a las once bajó Nel a la casa de Xuana, todavía con el delantal de la panadería puesto, a decirme que habían visto luces subiendo hacia la ladera sur, demasiado tarde y con demasiado cuidado para ser cualquier cosa buena.

—Las cámaras —dije, ya buscando las botas—. En la del arroyo tengo la única secuencia limpia del desmán. Sin ella el expediente queda más fácil de discutir, y ya no me da tiempo a repetir el muestreo.

—No suba sola, mujer —dijo Nel, con esa seriedad práctica que Xuana ya me había anunciado—. Espere a que amanezca.

No esperé.

Subí con la linterna frontal y encontré justo lo que temía: dos cámaras reventadas a golpes, las tarjetas arrancadas, huellas de bota reciente por todo el barro alrededor del roble centenario, y una de las estacas naranjas de Riofrío clavada a pocos metros. No serviría como prueba de autoría.

Me quedaba la cámara del arroyo, la más alejada, la que había colocado peligrosamente cerca de la linde de Coto. Corrí hacia allí en la oscuridad, sin mirar bien dónde pisaba, con la única luz de la frontal saltando entre los troncos, y el pie se me fue en una piedra suelta al borde de la vaguada. Caí rodando más de lo que quiero recordar, y cuando por fin me detuve, con un dolor agudo subiéndome desde el tobillo y la linterna apagada varios metros más allá, tardé un momento en entender dónde estaba.

Al otro lado de una hilera de piedras cubiertas de musgo, apenas visibles bajo la luna.

Del lado de fuera.

VII

Grité su nombre —el trozo de nombre que tenía, el único que le quedaba— antes de pensarlo siquiera.

—¡Coto!

Lo oí antes de verlo. Un movimiento entre los árboles, demasiado rápido para ser humano. Apareció al borde de la vaguada, todavía dentro de su coto, y en cuanto me vio —tirada en el suelo, el tobillo doblado en un ángulo que no era el correcto, a tres metros de las piedras— no dudó ni medio segundo.

Cruzó.

Al primer paso el aire se espesó a su alrededor. Al segundo, los dedos se le alargaron y las uñas se le oscurecieron. El musgo del antebrazo se erizó como el pelo de un animal asustado. Los cuernos, que hasta entonces habían tenido esa quietud de rama tranquila, crecieron un dedo entero con un crujido seco que oí incluso por encima de mi propia respiración.

—Coto, no sigas. ¡Para!

No paró. Llegó hasta donde yo estaba, me levantó en brazos con una fuerza que ya no parecía del todo suya, y empezó a caminar de vuelta hacia la linde con las mandíbulas cambiando de forma bajo la piel, con un gruñido bajo, animal, sin palabras, subiéndole por el pecho.

—Coto. Mírame.

Sus ojos ya no eran verdes ni ámbar. Eran de un negro líquido, sin fondo, el color de un animal que ha dejado de reconocer un nombre propio.

Intentó cruzar conmigo en brazos, y por un instante estuve a punto de dejarlo: el territorio de dentro quedaba a menos de un paso. Pero el juramento que lo ató aquí se había hecho con una sola voz, de rodillas, sin nadie que lo sostuviera —él mismo me lo había contado—. Un paso más, cargándome en silencio, no iba a deshacer eso.

—No —dije—. Déjame dentro. Tú quédate ahí.

No sé si entendió las palabras o solo el tono, pero se arrodilló junto a la raya y, con los brazos extendidos por encima de las piedras, me bajó sobre el musgo del lado de dentro. El tobillo protestó cuando apoyé la rodilla, pero conseguí arrastrarme medio metro más, hasta quedar del todo a salvo.

Coto quedó fuera. Separados por una hilera de piedras que de pronto me pareció más ancha que todo el valle.

Entonces recordé a Xuana.

Una boca de dentro y una boca de fuera.

Me giré. Coto estaba a cuatro patas, respirando con la cabeza baja. Los cuernos seguían creciendo.

—Mírame —dije, y como no lo hizo, golpeé una de las piedras con la palma—. Tú pusiste esta raya. Pues mírame y decide si todavía tiene que mandar sobre ti.

Levantó la cabeza. Algo muy pequeño se movió detrás del negro de sus ojos.

—Yo quiero una vida contigo —dije, con toda la voz que me quedaba—. No una visita hasta que termine un informe. No otra despedida porque sea lo que hago siempre. Quiero volver aquí porque lo elijo, Coto. Quiero quedarme en Piedrasagrada y averiguar contigo qué significa eso.

Su garganta produjo un sonido áspero, a medio camino entre el gruñido y la palabra. Le temblaban las manos contra la tierra.

Esperé.

—Yo… quiero… una vida contigo.

La raya respondió.

Las piedras no saltaron ni se partieron. Bajo el musgo apareció una claridad verde que corrió en ambas direcciones, y durante un instante vi la frontera entera dibujada sobre el suelo del bosque como una vena encendida. Después aquella luz avanzó. No hacia mí. Hacia Coto. Una nueva línea nació tres pasos más afuera, rodeándolo, y el espacio entre la vieja linde y la nueva respiró con un olor intenso a tierra mojada.

Coto quedó dentro.

Los cuernos dejaron de crecer. Las uñas se le suavizaron. El gruñido se deshizo, poco a poco, en algo que volvía a parecerse a una respiración.

—¿Coto?

Abrió los ojos. Verdes. Verdes de junio, con lágrimas atrapadas entre las vetas de corteza de la cara.

—Sigo aquí —dijo, y su voz volvió a ser una sola voz, la suya—. Y tú también.

Extendí la mano. Esta vez tuvo que avanzar él para alcanzarla.

—Parece que el monte acaba de corregir tu primer mapa —dije.

Coto soltó una risa rota.

—Ya era hora.

VIII

A la mañana siguiente llegué al registro con el tobillo vendado, barro todavía en las botas y una hora y cuarenta y siete minutos de margen. La cámara del arroyo había sobrevivido: conservaba la secuencia del desmán que necesitaba para cerrar la ficha y, además, había grabado a dos personas con chaleco de Riofrío Áridos manipulando uno de mis marcadores antes de dirigirse hacia las otras cámaras.

Aquellas imágenes no bastaban por sí solas para proteger Requexu. Documentaban una intervención no autorizada en plena evaluación, y eso obligó a suspender las actuaciones de la empresa mientras se investigaba lo ocurrido. Lo decisivo era el informe completo: el roble centenario, los corredores de fauna, cada especie sensible que Coto me había ayudado a encontrar a lo largo de diez días. Cuando el expediente quedó registrado entero, la propuesta de protección cautelar entró en trámite sin dejarle a Riofrío el hueco administrativo que llevaba tres años esperando.

Salí del edificio sin una victoria de las que caben en un titular. La ladera sur quedaba a salvo mientras se resolvía el expediente, y ninguna máquina iba a tocar una piedra de Requexu antes de que eso ocurriera. Llamé a Xuana desde la acera.

—Ha entrado.

—Ya era hora —dijo, y colgó.

Aquella tarde deshice por primera vez toda la maleta.

Doblé las dos mudas que siempre dejaba preparadas y las guardé en el armario de la habitación. Me dio risa ver el fondo vacío.

Al anochecer subí a Requexu sin GPS y sin cuaderno.

Coto me esperaba junto a la raya. O, mejor dicho, junto a donde había estado la raya la noche anterior: la nueva línea se distinguía por una franja de musgo de un verde más claro que avanzaba tres pasos hacia el exterior antes de doblar entre los helechos. Dio un paso sobre aquel terreno recién ganado. Luego otro, sin que le costara nada.

—¿Hasta dónde llega ahora? —pregunté, con la mano ya en la suya.

—Tres pasos más que ayer por este lado. Cinco cerca del arroyo. Ninguno hacia el cueto todavía.

—Caprichosa.

—Antigua. No es lo mismo.

—He deshecho la maleta —dije.

Las florecillas de su brazo se abrieron de golpe.

—Eso parece grave.

—Muchísimo.

Me atrajo hacia sí, y cuando su boca encontró la mía no hubo prisa. Sus labios sabían a algo verde y vivo, a savia y a lluvia reciente, y cuando se lo dije contra su boca sentí, más que oí, la risa grave que le subió por el pecho.

—Ven —dijo, y me llevó de la mano hasta un claro que yo nunca había catalogado, un círculo perfecto de musgo tan espeso que amortiguaba nuestros pasos, rodeado de hayas que cerraban el cielo en una cúpula de hojas y luna filtrada.

Me desnudó prenda a prenda, con esas manos ásperas de corteza que sabían dónde volverse suaves. Cada centímetro de piel que quedaba al descubierto lo recorría antes con la vista y después con la boca, hasta hacerme olvidar el dolor del tobillo y casi todo lo demás.

—Me toca a mí el inventario —susurré, empujándolo hacia atrás sobre el musgo, y esta vez fui yo quien lo desnudó a él, descubriendo bajo la corteza rugosa de los brazos una piel más suave, casi humana del todo, que solo volvía a endurecerse allí donde el placer lo alcanzaba de verdad.

Estaba hecho para hacerme perder la compostura profesional que tanto me había costado construir en doce años de campo: grande en todas las proporciones que importaban, cálido como un tronco al sol de agosto, y tan sensible al tacto que las florecillas de su pecho se abrieron de golpe en cuanto le pasé la lengua por una de las vetas más claras del esternón, iluminando el claro entero con un resplandor tenue y verdoso que latía al compás de su respiración.

—Brillas entero —dije, sin aliento.

—No empieces.

—Demasiado tarde.

La risa se le cortó cuando mi boca siguió bajando por su vientre.

Después me hizo volver hacia él, y una de sus manos se deslizó entre mis piernas con una delicadeza que desmentía toda la fuerza que había sentido en él horas antes. Me abrió con los dedos, atento a cada respuesta, y aprendió pronto el mapa de mi placer, hasta que dejé de poder pensar en palabras que no fueran su nombre.

Cuando por fin se colocó sobre mí, apoyado en los antebrazos para no cargarme con todo su peso, me miró un instante largo.

—¿Sí?

Le acaricié la cara. La corteza estaba más lisa junto a la boca.

—Sí. Los dos lados de la raya, Coto. Entero.

Se hundió en mí despacio, dándome tiempo a acostumbrarme a su tamaño, y el gemido ronco que se le escapó contra mi cuello sonó a algo que llevaba un siglo entero sin permitirse sentir. Empezamos con un vaivén largo y profundo que hacía crujir el musgo bajo nosotros. Poco a poco el ritmo se aceleró. Sus caderas encontraron el ángulo que me hacía arquear la espalda y lo repitieron una y otra vez, hasta que el placer se me acumuló en el vientre como un peso denso y luminoso.

—Coto —dije, clavándole las uñas en la espalda, sintiendo cómo la corteza cedía y se ablandaba bajo mis dedos—. No pares.

Un temblor largo empezó en los muslos, me subió hasta la garganta y me hizo gritar su nombre —el trozo entero de nombre que le quedaba— contra la piel de su hombro. Sentí cómo se tensaba encima de mí. El resplandor verde de su pecho llegó a su punto más alto cuando un temblor lo alcanzó también, con un rugido bajo contra mi cuello y un último empujón profundo que me arrancó otro estremecimiento.

Se dejó caer a mi lado, todavía dentro de mí, sin prisa por separarnos, y nos quedamos así, enredados, con las florecillas de su pecho apagándose hasta ese verde tibio y constante: su manera particular de estar en calma.

—Esto tampoco cabe en ningún informe técnico que yo sepa redactar —dije, con la cabeza sobre su pecho, sintiendo su corazón todavía desbocado bajo mi mejilla.

—Menos mal —contestó él, besándome el pelo—. Que quede algo de este monte sin catalogar.

Epílogo

Sigo contando pasos. Es una costumbre de siglos y no voy a fingir que la he perdido en una sola noche.

Pero ahora cuento otras cosas además.

Cuento los días que faltan para que Alba vuelva de una salida de campo, porque se quedó en Piedrasagrada, pero no dejó su trabajo y, al parecer, salvar bosques exige seguir abandonándolos durante intervalos breves y burocráticamente justificados. Cuento cuánto ha crecido el musgo de mi brazo desde la última vez que ella lo tocó. Algunas noches cuento en voz alta los nombres de los animales para que los aprenda también. Ella protesta que poner apellido a los topillos carece de valor científico, y luego me pregunta cómo se llama la cría nueva.

La raya sigue existiendo. Las promesas viejas no desaparecen porque una noche hayan cedido tres pasos. La mía cambia poco y de manera irregular: a veces gana unos centímetros junto al arroyo; otras pasa una estación entera sin moverse.

Alba alquiló una casa pequeña en Piedrasagrada cuando terminó el expediente. Tiene un armario demasiado grande para la ropa que posee y una maleta que, por fin, guarda vacía encima de él. Sigue subiendo casi todos los días que está en el valle. A veces trae el cuaderno de trabajo. Otras, uno nuevo donde escribe cosas que no llevan coordenadas.

No sé cuánto tardaré en llegar al pueblo entero. Puede que nunca pise la plaza, ni la panadería de Nel, ni el porche donde Xuana toma el sol y finge sorprenderse de todo lo que ya sabía.

Sigo contándolos.

Los cuento por las ganas que tengo de darlos.

Nota de la autora

Gracias por leer El Guardián de la Raya Verde.

Este relato nace del mismo universo que Piedrasagrada, mi serie de monster romance ambientada en un valle asturiano donde el folclore tiene dientes de verdad: cuélebres, busgosus, trasgos, nuberos y xanas que aman con la misma intensidad con la que guardan sus secretos. Si Coto y Alba te han dejado con ganas de más, en la serie completa encontrarás a Lucía y Old, a Baia y Fuxo, a Xela y Tronu, y a Olaya y Deva: cuatro historias entrelazadas en el mismo pueblo, cada una con su propio guardián, su propia jaula y su propio final feliz.

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Con cariño, desde Piedrasagrada,

Vera Miralba

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Coto y Alba son solo el principio.

La saga completa llega con cuatro parejas más, cada una con su propio guardián y su propio pueblo cubierto de niebla: el cuélebre, el trasgu, el nuberu, la xana.

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