Relato gratis · Universo Piedrasagrada
El Guardián de la Raya Verde
Una historia corta ambientada antes de Piedrasagrada, con un guardián del bosque que no puede cruzar su propia linde y la mujer que empieza a darle motivos para intentarlo. Se lee entera y sin coste, aquí mismo.
El bosque no tiene bordes. Eso es lo primero que se olvida de él en cuanto se le pone una raya en un mapa.
Yo tuve un nombre antes de la raya. Lo tuve tanto tiempo que llegué a creer que era mío para siempre. Lo perdí como se pierde una senda que nadie vuelve a pisar: la cubre la hoja seca de un otoño, luego otro, hasta que un día busco el sitio donde debería estar y solo encuentro musgo.
Sé por qué me quedé sin él. Eso no lo he olvidado, aunque llevo siglos deseando que la memoria fuera menos terca que el musgo.
Hace mucho, antes de que este valle tuviera carreteras, medí lindes para vivir. Se me daba bien: sabía leer una pendiente, calcular una distancia, poner una piedra exactamente donde debía ir. También sabía, que Dios me perdone, ponerla exactamente donde no debía si alguien pagaba lo suficiente. Una sola piedra movida un solo día bastó para convertir en propiedad de un hombre lo que hasta entonces había sido de todos y de nadie. Lo que vino después —los hacheros, la lluvia, la ladera que ya no tenía raíces que la sujetaran— es una historia que todavía no estoy listo para contar entera. Baste con decir que hubo un precio, y que no lo pagué yo solo.
Cuando entendí lo que había hecho, ya era tarde para devolver los árboles a sus raíces. Me arrodillé en el límite falso que yo mismo había trazado y prometí guardar lo que quedaba de aquel trozo de Requexu mientras me quedara aliento, a cambio de que el bosque me guardara a mí de volver a ser el hombre que había sido. Nadie respondió. El pacto se hizo con una sola voz —la mía, sola, de rodillas— y una promesa hecha por una sola boca es una promesa coja: sostiene, pero no camina.
Me até a la linde que yo mismo había falseado. Con los años el pueblo dejó de recordar mi nombre y empezó a llamarme como llamaba a las criaturas del monte: busgosu. Quizá fuese castigo. Quizá una manera de hacerme útil.
La única vez que intenté cruzar la raya, hace más siglos de los que sé contar sin perder la cuenta, sentí el pelaje subirme por los brazos antes del tercer paso. Volví corriendo, ya casi a cuatro patas, con el corazón golpeándome tan fuerte que creí que se me iba a salir junto con lo último de humano que me quedaba.
Desde entonces cuento mis pasos. Trescientos veinte hacia el arroyo. Ciento noventa hacia el cueto de las hayas. Ninguno, nunca, hacia el pueblo.
He visto pasar guardas forestales, cazadores furtivos, niños que se pierden y a los que devuelvo al sendero sin que me vean nunca entero, parejas que suben a fotografiar la niebla sin saber que la niebla, en este monte, a veces les hace un favor. He visto todo eso desde dentro de mi raya, como se ve la vida desde la ventana de una casa que ya no es una casa, sino una jaula con muy buenas vistas.
No esperaba nada de la mujer que llegó aquel lunes de agosto con las botas nuevas y un aparato colgado del cuello que parpadeaba como un ojo pequeño. Nadie espera nada de un lunes de agosto.
Debí desconfiar en cuanto la vi caminar: contando sus propios pasos, igual que yo cuento los míos.